El suspiro de nuestros corazones
Los momentos especiales de nuestra vida superan nuestra capacidad de expresarlos con palabras. El nacimiento de un hijo nos trae una alegría tan inmensa que incluso las descripciones más acertadas quedan incompletas. La despedida de un ser querido deja tras de sí una tristeza tan profunda que sobran las palabras. La belleza y la majestuosidad de la creación nos conmueven tan profundamente que solo podemos sentir un silencio reverente.
Esta experiencia también se refleja en nuestra relación con Dios. Buscamos maneras de expresar nuestra urgente necesidad de él y nuestra sinceridad en su amor. A menudo, nos faltan las palabras adecuadas cuando nos dirigimos a él en oración. En la carta a los Romanos, Pablo lo describe así: «Porque sabemos que toda la creación gime y sufre dolores de parto hasta ahora; y no solo ella, sino también nosotros mismos, que poseemos las primicias del Espíritu, gemimos en nuestro interior, esperando con ansias la adopción, la redención de nuestro cuerpo» (Romanos 1:14). 8,22-23).
El anhelo de Dios es tan profundo que se revela en un gemido interior. Las palabras no bastan para expresar plenamente nuestra necesidad de salvación, una salvación que solo se encuentra en Jesucristo. Es precisamente aquí donde obra el Espíritu Santo, compensando nuestras debilidades: «De igual manera, el Espíritu también nos ayuda en nuestra debilidad. Pues qué hemos de pedir como conviene, no lo sabemos, pero el Espíritu mismo intercede por nosotros con gemidos indecibles. El que escudriña los corazones conoce la intención del Espíritu, pues intercede por los santos conforme a la voluntad de Dios» (Romanos 1:14). 8,26-27).
Una de las razones por las que celebramos Pentecostés es porque en este día el Espíritu Santo llenó a los discípulos de Jesús con poder divino, fundó la Iglesia e inició su misión mundial. Mediante impresionantes señales y prodigios, Dios demostró que quiere morar en los corazones de las personas. Para que este milagro se haga realidad, Jesucristo y el Espíritu Santo nos dan sanidad y renovación.
Es reconfortante saber que el Espíritu de Dios comprende nuestro gemido silencioso. Recibe las oraciones que no podemos expresar con palabras y las presenta ante el Padre. El Espíritu Santo comparte nuestro silencio y nos transmite con precisión lo que no podemos expresar nosotros mismos. Incluso cuando no sabemos cómo orar, reconoce nuestras necesidades e intercede por nosotros. Porque Dios nos conoce profundamente en la encarnación de Jesucristo, el Espíritu usa este conocimiento para interceder por nosotros. Cuando nos dirigimos a Dios, encontramos a nuestro Padre, quien ya conoce nuestras necesidades. También confiamos en Jesucristo, nuestro hermano fiel, que está perfectamente cerca de nosotros en nuestra humanidad.
Cuando tu habla se agote y tengas dificultades para orar, ten la seguridad de que Dios nunca te abandona, sino que siempre te comprende. Él siempre está muy cerca de ti y reconoce el suspiro de tu corazón.
de greg williams
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