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Mientras empacaba mi ropa para un viaje, descubrí que mi suéter favorito había desaparecido y no estaba colgado en mi armario como de costumbre. Busqué por todas partes pero no pude encontrarlo. Probablemente tuve que dejarlo en otro viaje a un hotel. Así que empaqué el top a juego y encontré algo más que puedo usar bien.

No me gusta perder cosas. Es frustrante y estresante, especialmente cuando es valioso. Perder algo es estresante, así como olvidar dónde colocar las cosas, como llaves o papeles importantes. Ser robado es aún peor. Tales situaciones hacen que uno se sienta indefenso e incapaz de controlar su propia vida. Sobre todo, no podemos hacer nada más que aceptar la pérdida e ir más allá.

La pérdida es una parte de la vida sin la cual preferiríamos llevarnos bien, pero todos la experimentamos. Manejar y aceptar pérdidas es una lección que debemos aprender temprano y con frecuencia. Pero incluso en la vejez y con la experiencia de la vida y el conocimiento de que las cosas son fáciles de reemplazar, sigue siendo frustrante perderlas. Algunas pérdidas, como la pérdida de un jersey o una llave, son más fáciles de aceptar que las pérdidas mayores, como la pérdida de una habilidad física o un ser querido. En última instancia, está la pérdida de nuestras propias vidas. ¿Cómo mantenemos la perspectiva correcta? Jesús nos advirtió de no poner nuestros corazones y nuestras esperanzas en tesoros transitorios, tesoros que se pueden perder, robar o quemar. Nuestras vidas no consisten en lo que poseemos. Nuestro valor no se mide por el tamaño de nuestra cuenta bancaria y nuestro entusiasmo por la vida no se logra mediante la acumulación de bienes. Las pérdidas más dolorosas no son tan fáciles de explicar o ignorar. Envejecimiento de cuerpos, habilidades de huir y sentidos, la muerte de amigos y familiares: ¿cómo lidiamos con eso?

Nuestras vidas son transitorias y tienen un final. Somos como flores que florecen por la mañana y se marchitan por la tarde. Si bien esto no es alentador, las palabras de Jesús son: Yo soy la resurrección y la vida. A través de su vida todos podemos ser restaurados, renovados y redimidos. En las palabras de una vieja canción del evangelio dice: Porque Jesús vive, yo también vivo mañana.

Porque vive, las pérdidas de hoy desaparecen. Cada lágrima, cada grito, cada pesadilla, cada miedo y cada dolor de corazón serán borrados y reemplazados por la alegría de la vida y el amor por el Padre.

Nuestra esperanza está en Jesús, en su sangre purificadora, su vida resucitada y su amor que todo lo abarca. Perdió su vida por nosotros y dijo que si perdíamos la vida, la encontraríamos nuevamente en él. Todo se pierde de este lado del cielo, pero todo se encuentra en Jesús, y cuando llegue ese día feliz, nada volverá a perderse.

por Tammy Tkach


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